TREMOSA Y LA GAITA por Arturo San Agustín

En aquella canción de José Alfonso, también llamado Zeca, aquella Grándola, villa morena, que sirvió para poner en marcha en Portugal la llamada revolución de los claveles, en cada esquina había un amigo. Aquí, desde hace unos días, en cada esquina está la fotografía, el cartel propagandístico de alguien que quiere ser eurodiputado, es decir, de alguien que busca la pasta gansa y sin esfuerzo. Quizás más que de pasta gansa debería hablar de pastón porque eso es lo que cobran los señores eurodiputados.
O sea, que de repente me doy de bruces contra las cejas nucleares de Alejo Vidal-Quadras, el hombre de la voz astillada, que desde su cartel, me dice que hay que cambiar. Y saliendo de una cafetería veo en la parte trasera de un autobús, en un anuncio electoral, al señor Josep María Terricabras que se está poniendo las gafas gesto que pone muy en duda que sea capaz de ver el futuro, tal como asegura. A este hombre, de voz sonora y como de sierra eléctrica, le pasa lo mismo que a uno de los hermanos de Pasqual Maragall, que ahora va en el mismo carro que Terricabras y que, por consiguiente, nos invita a inaugurar o estrenar un nuevo país.
Este hermano de Pasqual Maragall, que es una de mis actuales obsesiones, es la viva imagen de la tozudez más gris y aburrida. Una tozudez con cejas abundantes. Y aunque quizá sea trabajador, este hermano de Pasqual Maragall siempre ha tenido las hechuras cansadas, muy cansadas, dicho sea sin ánimo de ofender. A este hermano de Pasqual Maragall, insisto, siempre lo he visto yo con esa flojera que se lleva tanto en ciertas latitudes caribeñas y latinoamericanas. Pero la suya es una flojera que ni siquiera baila, porque en el Caribe se baila mucho.
Y en esas estaba cuando, el martes, pongo a Josep Cuní y aparecen en su programa los señores Ramón Tremosa y Javier Nart. Reconozco que, ya puestos, me hubiera gustado ver más a Juan Carlos Girauta, que va de segundo en su lista y que tiene la presencia de uno de aquellos mariscales de Napoleón. Quizá sean su peinado y sus patillas los causantes de que yo siempre lo vea así: como un mariscal un poco harto del emperador. Pero, en fin, el que estaba allí, a la izquierda de Josep Cuní, era Javier Nart, hombre afilado y de verbo profesional tan extenso como la Pampa argentina.
Javier Nart, que es abogado, que presume de saber árabe y de haber sido eso tan literario que antiguamente se llamaba corresponsal de guerra, se comió vivo y con corbata a Ramón Tremosa. Se lo comió pese a que el moderador, al final felicitó a ambos invitados por su brillantez. Tengo, pues, que preguntar a Josep Cuní si esa trola, esa gran trola, la dijo sin pensar o pensándola mucho. Porque a Nart, que pincha, no hay que preguntarle si le han dicho que estos días adopte maneras versallescas con sus contrincantes, algo que, por cierto, no le beneficia. Nart, con sus gafas metálicas, tiene perfil de abogado de novela de Dickens y las maneras aparentemente versallescas le perjudican. Entiendo que lo hace, que le han dicho que lo haga, para que su estudiada agresividad oral y gestual no le quite votos, pero lo suyo no es la mano tendida sino la pistola de pistón de dos cañones.
Pero es de Ramón Tremosa, es de este hombre esforzadamente pulido y bien peinado, es de este economista especializado en política monetaria, que no parece haber nacido en el barrio barcelonés de Gracia y que tampoco parece haber nacido para la ironía ni quizá para lo política, de quien me gustaría hablar a partir de aquí, porque lo de Escocia ya no se puede soportar más. Tremosa, desde el principio, cuando recibió el primer aviso de Nart, se pasó el programa más atento a Escocia, al nudo de su corbata y al vaso de agua, que a la realidad catalana. De lo único que habló Tremosa fue de Escocia. Y también del Financial Times o de The Economist, que me da igual o lo mismo, porque el tema, la otra noche, era la realidad catalana. Tanto orgullo catalán y siempre estamos pendientes de alguien o algo, que antes fue Euskadi y Quebec y ahora es Escocia, el Financial Times, The Economist, etcétera, que siempre cobran por hablar del monotema catalán en sus páginas.
Propongo que Ramón Tremosa haga campaña, lo que queda de ella, rigurosamente vestido de escocés y soplando la gaita con gran afición y entusiasmo.
Quizá sólo así entienda que aquí y ahora se ha de hablar de la realidad catalana y no de Escocia. Si es que se tiene algo que decir; algo nuevo, claro.
LA VANGUARDIA 17/05/14 Suplemento QUIÉN

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