CONMIGO, O CONTRA MÍ de Arturo Pérez-Reverte

Un lector me preguntó el otro día por mi escepticismo político: mi falta de fe en el futuro y mi despego de esta casta parásita que nos gobierna, sólo comparable a la desconfianza que siento hacia nosotros los gobernados: sin víctimas fáciles no hay verdugos impunes. Siempre sostuve, porque así me lo dijeron de niño, que los únicos antídotos contra la estupidez y la barbarie son la educación y la cultura. Que, incluso con urnas, nunca hay democracia sin votantes cultos y lúcidos. Y que los pueblos analfabetos nunca serán libres, pues su ignorancia y su abulia política los convierten en borregos propicios a cualquier esquilador astuto, a cualquier lobo hambriento, a cualquier manipulador malvado. También en torpes animales peligrosos para sí mismos. En lamentables suicidas sociales.
Hace dos largas décadas que escribo en esta página. También, en los últimos dos años, Twitter me ha permitido acercarme a lo más caliente de nuestro modo de respirar. Y no puedo decir que sea confortable. Inquieta el lugar en que una parte de los lectores españoles se sitúan: lo airado de sus reacciones, el odio sectario, la violenta simpleza -rara vez hay argumentos serios- que a menudo llegan a un desolador extremo de estolidez, cuando no de infamia y vileza. Cualquier asunto polémico se transforma en el acto, no en debate razonado, sino en un pugilato visceral del que está ausente, no ya el rigor, sino el más elemental sentido común.

Destaca, significativa, la necesidad de encasillar. Si usted opina, por ejemplo, que a Manuel Azaña se le fue la República de las manos, no encontrará criterios serenos que comenten por qué se le fue o no se le fue, sino airadas reacciones que, tras mencionar el burdo lugar común de Hitler y Mussolini, acusarán al opinante de profranquista y antidemócrata. Y si, por poner otro ejemplo, menciona el papel que la Iglesia Católica tuvo en la represión de las libertades durante los últimos tres siglos de la historia de España, abundarán las voces calificándolo en el acto de anticatólico y progre de salón. Pondré un ejemplo personal: una vez, al ser interrogado sobre mi ideología, respondí que yo no tengo ideología porque tengo biblioteca. No pueden ustedes imaginar cómo llovieron, en el acto, las violentas acusaciones de que escurría el bulto «y no me mojaba». Y es que en España parece inconcebible que alguien no milite en algo y, en consecuencia, no odie cuanto quede fuera del territorio delimitado por ese algo. Reconocer un mérito al adversario es para nosotros impensable, como aceptar una crítica hacia algo propio. Porque se trata exactamente de eso: adversarios, bandos, sectas viscerales heredadas, asumidas sin análisis. Odios irreconciliables. Toda discrepancia te sitúa directamente en el bando enemigo. Sobre todo en materia de nacionalismos, religión o política, lo que no toleramos es la crítica, ni la independencia intelectual. O estás conmigo, o contra mí. O eres de mi gente -y mi gente es siempre la misma, como mi club de fútbol- o eres cómplice de la etiqueta que yo te ponga. Y cuanto digas queda automáticamente descalificado porque es agresión. Provocación. Crimen.

Qué fácil resulta entender, así, nuestra despiadada Guerra Civil. Si ahora no se dan delaciones y paseos por las cunetas, es sencillamente porque ya no se puede. Pero las ganas, el impulso, siguen ahí. Me pregunto muchas veces de dónde viene esa vileza, esa ansia de ver al adversario no vencido o convencido, sino exterminado. La falta de cultura no basta para explicarlo, pues otros pueblos tan incultos y maleducados como nosotros se respetan a sí mismos. Quizá esa Historia que casi nadie enseña en los colegios pueda explicarlo: ocho siglos de moros y cristianos, el peso de la Inquisición con sus delaciones y envidias, la infame calidad moral de reyes y gobernantes. Pero no estoy seguro. Esa saña que lo mismo se manifiesta en una discusión política que entre cuñados y hermanos en una cena de Navidad es tan española, tan nuestra, que me pregunto quién nos metió en la sangre su cochina simiente. Desde ese punto de vista, el español es por naturaleza un perfecto hijo de puta. Por eso necesitamos tanto lo que no tenemos: gobernantes lúcidos, sabios sin complejos que hablen a los españoles mirándonos a los ojos, sin mentir sobre nuestra naturaleza y asumiendo el coste político que eso significa. Dispuestos a decir: «Preparemos al niño español para que se defienda de sí mismo. Eduquémoslo para que conviva con el hijo de puta que siglos de reyes, obispos, mediocridad, envidia, corrupción, violencia, injusticia, le metieron dentro».

1 de septiembre de 2013

http://arturoperez-reverte.blogspot.com.es/2013/10/conmigo-o-contra-mi.html

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Una respuesta to “CONMIGO, O CONTRA MÍ de Arturo Pérez-Reverte”

  1. Francisco Tostón de la Calle Says:

    Hola, amigos. Pues, hombre, a mí el artículo de Pérez-Reverte me gusta, cómo no. El que dice cosas interesantes y las sabe decir con estilo, garbo y gracia, agrada. Y si además se trata de un tema tan apasionante como el de nuestra guerra “incivil”, con mayor razón.
    Pero es posible que el autor esté cayendo en el mismo vicio que critica. Especialmente, al final. Que en una conversación entre amigos se diga que el español es un hijoeputa, como decimos en Colombia, vaya y venga. Pero en un artículo de opinión, no cae muy bien. No es serio ni respetuoso como debería serlo. Pero ante todo, no corresponde a la verdad. Todo hombre tiene mucho de hijoeputa, incluyendo, desde luego, a Pérez-Reverte. Pero que eso dé explicación de muchas de las reacciones de comentaristas, opinantes y columnistas, es simplificar demasiado las cosas.
    Yo sí creo que ha ido mejorando el concepto, que se ha ido decantando, sobre nuestra guerra “incivil”. Desde el primer enfrentamiento con el tema con amplias repercusiones nacionales que supuso la tetralogía de JOSÉ MARÍA GIRONELLA, hasta las obras de un Cercas o un Muñoz Molina hay un avance indudable hacia la sensatez, la comprensión y el equilibrio. Y ni qué decir de las obras de carácter estrictamente histórico: Moradiellos, Viñas o Paul Preston, por nombrar solo algunos investigadores, han hecho aportes invaluables a un esclarecimiento de muchos hechos de nuestra guerra, de sus personajes protagónicos, de causas, razones, consecuencias y circunstancias que poco a poco han ido depurando juicios y responsabilidades.
    De mí sé decir que, educado en un ambiente eclesiástico, aunque suficientemente liberal; pero, sobre todo, el haber estudiado a fondo el tema a través de la figura de Ortega y Gasset en mi tesis de filosofía presentada en la Facultad de Filosofía de la Universidad de San Buenaventura, de Bogotá, bajo la dirección del profesor español GERMÁN MARQUÍNEZ ARGOTE, lograron darme una opinión clara y responsable. Es natural que nos dejemos llevar un poco por el apasionamiente en un tema que estremece las fibras más hondas de nuestro ser español, pero yo noto, especialmente a través de los blogs en los que participo con frecuencia que, salvo algún que otro desvirolado fanàtico, la gente es cada vez más sensata y comprensiva. No así los que nos gobiernan y en especial en el asunto de la educación. Me extraña que no se haga referencia, por poner un ejemplo, al aporte valiosísimo que hizo JULIÁN MARÍAS, con su obra ESPAÑA INTELIGIBLE, al tema de la comprensión de la historia de España y del ciudadano español. Obras así podrían haber señalado el camino para un entendimiento del tema español, con una buena síntesis entre lo regional y lo nacional, entre lo histórico-coyuntural y lo historico-permanente.
    La discreción, la sensatez y el buen criterio no son momeda que abunde, pero cada día influyen más, afortunadamente, en el tema que nos ocupa.
    Con un saludo cordial,
    Francisco Tostón de la Calle

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