CATALUNYA EN TODO Y POR PARTES de Valentí Puig

 

El nacionalismo no corresponde a la totalidad de Catalunya, como no lo representa cualquier otra opción

Artículos | 15/01/2012 – 00:00h

VALENTÍ PUIG
Los costes cuantiosos del todo o nada por parte del catalanismo político se constatan con gran facilidad en situaciones como la actual, de honda crisis económica que afecta a toda España y, más aún, cuando es padecida por un sistema general como la eurozona. En no pocos episodios del pasado se advierte que el maximalismo perjudica a Catalunya, mientras que el realismo sin ambigüedad le presenta más opciones abiertas. El momento es crucial para la sociedad catalana, como para el conjunto de España. También lo es para el catalanismo político. En realidad, ¿en qué se diferencia el catalanismo de Catalunya? La confusión no es nueva. El catalanismo es una opción política que parte de una concepción de Catalunya; Catalunya es una sociedad que avanza o retrocede según haga sus opciones, según asuma oportunamente su complejidad cambiante. Pero los errores del catalanismo no son los mismos que los de la sociedad ni la sociedad tiene por qué asumir los mismos errores que el catalanismo, sobre todo si es cierto que la sociedad civil catalana es de vitalidad intensa y plural.

Por ejemplo: con la visita de Alfonso XIII a Barcelona en 1902, el catalanismo que representaba la Lliga se equivocó al pensar que la ciudad permanecería con las persianas cerradas para manifestar su falta de entusiasmo monárquico. Pasó lo contrario porque el pueblo de Barcelona expresó su satisfacción por la presencia del monarca. Entonces la intuición política de Cambó tuvo uno de sus aciertos, dándole un giro a la situación y expresando ante el Rey las inquietudes de la sociedad catalana. Los artículos de Joan Maragall sobre aquella visita son de antología. Es decir: el político se adaptaba a la realidad de la sociedad y eso le convertía en su mejor representante. Han sido así los momentos óptimos del catalanismo político.

Por el contrario, incluso el maragallismo tuvo alguna vez la tentación de rememorar episodios estériles como la fallida insumisión fiscal del tancament de caixes, así como el mito de la unidad catalana invoca periódicamente los logros del conglomerado irresoluble que fue la Solidaritat en la primera década del siglo pasado, logros que consistieron en la confusión y el efecto regresivo. Algunos pensamos todavía que la reivindicación reciente de un nuevo estatuto de autonomía no fue tampoco, y no sólo por no tener inicialmente el impulso de CiU, un momento venturoso. Consumió energías que hubiesen sido de mayor provecho aplicadas a una concepción más abierta del futuro, a una activación más plena de una sociedad civil que solo en parte se sintió invitada a los festejos del nuevo Estatut, como se deduce del abstencionismo y, por otro lado, como se percibe al constatar que el nacionalismo soberanista inmediatamente después de la aprobación del Estatut se lanzó a un serie de consultas no vinculantes que agitaron la vida dominical hasta que el viento se lo llevó todo. Quedaron velando armas los grupos residuales del independentismo y un puñado de activistas mediáticos que creyeron intuir un tsunami que escindiría a Catalunya de España y la haría reingresar de modo edénico en la UE. Tras la hora del pensamiento mágico acaba por hacer falta el lenguaje de la razón. Desde entonces, sobre todo en Convergència, pero ahora también en Unió, la nueva liturgia exige celebrar sacrificios simbólicos en el altar de la soberanía deseada, por contraste con los extensos e intensos poderes de la Generalitat que dimanan de la constitución de 1978 y que hubiesen dejado atónito a Prat de la Riba.

Pertenece a la lógica del pluralismo que como forma de acción política el nacionalismo no corresponda a la totalidad de Catalunya, como no lo representa cualquier otra opción, del mismo modo que no todo ciudadano de Catalunya puede –o debe– ser considerado catalanista. Menos aún si se tiene en cuenta que el nacionalismo tiene distintas vertientes. Al proclamarse la II República, el catalanismo republicano se afirmó en las calles de Barcelona al grito de “Mori Cambó!”. Un catalanismo contra otro. En cambio, el regreso de Tarradellas pareció conjuntar aspiraciones que iban más allá de nacionalismo y que, por ser un cúmulo de contraposiciones, dieron un simbolismo tan vasto al hecho de que el viejo republicano se asomase al balcón de Sant Jaume y dijera: “Ciutadans de Catalunya!”, en lugar del preceptivo “Catalans!”. Tal vez el nacionalismo ha pasado a ser una especie de régimen político que ya no cuenta con las minorías creativas que fueron sustanciales para la Renaixença o el noucentisme. ¿Quién no estaría de acuerdo en que lo que verdaderamente importa es que Catalunya sea rica, culta, integradora y competitiva? Es un desiderátum que no obliga a ser independentista, ni siquiera nacionalista. El catalanismo estará a la altura de los tiempos en la medida en que asimile y dé respuestas a las nuevas complejidades, evitando simplificar. Sólo así tiene horizonte, como parte de una sociedad plural y compleja que se tiene que desenvolver casi a la velocidad de la luz.

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