PUDO NO HABER GUERRA de Julián Marías

No se puede entender la situación española del cuarto decenio de este siglo, XX, si se la aisla del conjunto de la europea. En 1931, según mis cálculos, se produce un cambio generacional; es el momento en que “llega al poder” la generación de 1886 (los nacidos entre 1879 y 1893) y la de 1871 (en España, la llamada del 98) pasa a la “reserva”, aunque conserve considerable influjo y prestigio. Es el punto en que se inicia en toda Europa el fenómeno de la politización, y con él la propensión a la violencia. No hay más que ver, en una cronología detallada, la serie de los sucesos en los años inmediatamente anteriores y posteriores a 1931 para observar como cambian de cariz o fisonomía. Comienza a perderse el respeto a la vida humana. Ese período generacional, que se extiende , hasta 1946, es una de las mayores concentraciones de violencia de la historia, y en ese marco hay que entender la guerra civil española.

Pero -se dirá- en otros países no se llegó a tanto. La guerra mundial fue otra cosa, no propiamente una “discordia”, una crisis de convivencia. Además, muy probablemente fue “estimulada” por la guerra civil de España, que funcionó a un tiempo de “cebo” y “ensayo”. Todo esto es cierto, pero la consecuencia que de estas consideraciones hay que extraer es que en la guerra civil hubo un decisivo elemento de azar; que, contra lo que se ha dicho con insistencia, no fue necesaria, no fue inevitable. Creo, por el contrario, que la guerra civil hubiera podido evitarse de varias maneras, que había más de una salida a una situación sin duda difícil y peligrosa.

La guerra fue consecuencia de una ingente frivolidad. Esta me parece la palabra decisiva. Los políticos españoles, apenas sin excepción, la mayor parte de las figuras representativas de la Iglesia, un número crecidísimo de los que se consideraban “intelectuales” (y desde luego los periodistas), la mayoría de los economicamente poderosos (banqueros, empresarios, grandes propietarios), los dirigentes de sindicatos, se dedicaron a jugar con las materias más graves, sin el menor sentido de responsabilidad, sin imaginar las consecuencias de lo que hacían, decían u omitían. La lectura de los periódicos, de algunas revistas “teóricas”, reducidas a mera política, de las sesiones de Cortes, de pastorales y proclamas de huelga, escalofría por su falta de sentido de la realidad, por su incapacidad de tener en cuenta a los demás, ni siquiera como enemigos reales, no como etiquetas abstractas o mascarones de proa.

Y todo eso ocurría en un momento de increíble esplendor intelectual, en el cual se habían dado cita en España unas cuantas de las cabezas más claras, perspicaces y responsables de toda nuestra historia. Lo cual hace más grave el hecho escandaloso de que nunca fueran escuchadas, de que fueran deliberada, cínicamente desatendidas, por los que tenían intelectuales, y por tanto deberes en este capítulo.

Los años de la República estuvieron dominados por la falta de imaginación, la incapacidad de prever, de anticipar las consecuencias, de proyectar un poco lejos. No se llegó a aceptar las reglas de la democracia, se declaró una vez y otra -por la derecha y por la  izquierda- que sólo se aceptaban sus resultados si eran favorables; unos y otros estuvieron dispuestos a enmendar por la fuerza la decisión de las urnas, sin darse cuenta de que eso destruía toda posibilidad política normal y anulaba la gran virtud de la democracia: la de rectificarse a sí misma.

El 10 de Agosto de 1932 fue el primer síntoma de esta actitud, que tuvo su correlato en los levantamientos anarquistas del año siguiente; pero la irresponsabilidad máxima fue la insurrección del partido socialista en octubre de 1934, aprovechada por los catalanistas, que llevó a la destrucción de una democracia eficaz y del concepto mismo de autonomía regional. Se negó entonces la validez del sufragio, la Constitución y el estatuto de Catalunya -parte de la estructura jurídica de la República española-, todo en una pieza. La democracia quedó herida de muerte.

Los gobiernos de esta segunda etapa, lejos de tratar de enmendar lo que les parecía peligroso para la nación o para la religión en la legislación del bienio anterior -como habían dicho en su propaganda- prefirieron dedicarse a establecer egoístamente pequeñas ventajas  económicas para sus clientelas, con asombrosa insolidaridad y miopía, que llevaron a la disolución de las Cortes, las elecciones de febrero de 1936, el triunfo en ellas del Frente Popular y, poco después, la guerra civil.

Pero ¿puede decirse que estos políticos, estos partidos, estos votantes querían la guerra civil? Creo que no, que casi nadie español la quiso. Entonces, ¿cómo fue posible? Lo grave es que muchos españoles quisieron lo que resultó ser una guerra civil. Quisieron: 

A) Dividir al país en dos bandos.

B) Identificar al “otro” con el mal.

C) No tenerlo en cuenta, ni siquiera como peligro real, como adversario eficaz.

D) Eliminarlo, quitarlo de en medio (políticamente, físicamente si era necesario)

Se dirá que esto era una locura. Efectivamente, lo era (y no faltaron los que se dieron cuenta entonces, y a pesar de mi mucha juventud, puedo contarme en su número). La locura puede tener causas orgánicas, puede ser efecto de una lesión; o bien psiquicas; pero también puede tener un origen biográfico, sin anormalidad física ni psíquica. Si trasladamos esto a la vida colectiva, encontramos la posibilidad de la locura colectiva o social, de la locura histórica. ( El Irán, en el momento en que escribo, es un estupendo ejemplo de ello, y no es el único. Sin recurrir a esta idea, ¿puede entenderse el triunfo del nacionalsocialismo en Alemania, los doce de historia que va de 1933 a 1945? La Revolución rusa fue otra cosa; la locura lúcida de una exigua minoría, operando in anima vili sobre un inmenso cuerpo social de “almas muertas”, inertes.

Conviene recordar que la situación española en el primer tercio del siglo había sido de promesa constante, en gran parte realizada. Desde el desastre del 98, la sociedad española había despegado economicamente (con la ayuda de la neutralidad durante la primera guerra mundial), y su pobreza se había mitigado; las universidades habían mejorado más de lo que se hubiera podido esperar, y todo el sistema de instrucción experimentó un avance extraordinario con la República. Desde el punto de vista de la cultura superior -filosofía, literatura, arte, investigación-, se había entrado en un siglo de oro.

Las esperanzas de un joven de mi generación eran ilimitadas, y la República, entendida positivamente, fue el símbolo de la apertura, de la dilatación de la vida, del ejercicio de la libertad. La España estudiada e interpretada por Unamuno, Menéndez Pidal, Gómez Moreno, Asín Palacios, Ortega y los historiadores y filólogos más jovenes; imaginada y recreada literariamente por Azorín, Baroja, Valle Inclán, los Machado, Miró, Juan Ramón Giménez, Ramon Gómez de la Serna, Salinas, Guillén y los “poetas del 27”; pintada por Regoyos, Zuloaga, Solana, Palencia; la que tenía un poco lejos, a Picasso y a otros cuantos; la que había empezado a investigar -en escasa medida, pero tan bien como cualquiera- con Cajal, Cabrera, Palacios, Catalán; la que había creado, por primera vez desde hacía tres siglos, una filosofía original y un comienzo de escuela sin adanismo -Ortega, Morente, Zubiri, Gaos- , esa España, en tantos sentidos incomparable con todas las anteriores desde mediados del siglo XVII, desde Quevedo y Calderón, fue la que de repente fue negada a medias por fracciones que ni siquiera poseían ni retenían la mitad que pretendían defender.

De esa España nos despojaron a los españoles, y a nuestros hijos no nacidos, los que quisieron la guerra, o no les importó dejarla llegar, los que fueron internamente beligerantes en 1936.

Julián Marías Aguilera (Valladolid, 17 de junio de 1914Madrid, 15 de diciembre de 2005), doctor en Filosofía por la Universidad de Madrid, fue uno de los discípulos más destacados de Ortega y Gasset, maestro y amigo con quien fundó en 1948 el Instituto de Humanidades (Madrid).

Filósofo, ensayista fue una persona que nunca quiso dar clases en la universidad franquista.

Fue uno de los pocos pensadores españoles que siguieron una norma y regla, hasta el final.

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