LA GUERRA CIVIL HA DESTROZADO MI VIDA

Sr. D. Rafael G. Arteaga

Distinguido amigo:

Primero la habitual tardanza del correo en los días navideños y la espera de los volúmenes de la obra de ustedes cuyo envío me anunciaba; después de la extraordinaria llegada de mis hijos y de mi nieta y su estadía conmigo algunas semanas quebrando mi habitual soledad, y por último, una caída en depresión y fatiga han retrasado mi respuesta a su amable invitación que hoy me recuerda el cable de Javier de Juan. Perdone por todo ello mi silencio.

Su oferta me golpeaba de continuo en la memoria, pero ésta me traía de continuo a la par las terribles matanzas que la guerra produjo; las terribles crueldades que se realizaron en las dos retaguardias. Ese doble recuerdo, sobre todo el último, me atormentaban cada día. Cada día me herían además las noticias que me llegaban sobre las violencias que ensangrientan a los españoles de hoy. Y cada día me preguntaba si en verdad debíamos de olvidar los crímenes monstruosos que se cometieron durante la guerra civil, ahora en que no era imposible que al cabo estallara otra.

Ni un sólo día he dejado de meditar sobre cuál era mi deber, y al cabo triunfó en mí la idea de que no podíamos ni deberíamos olvidar la guerra civil, disintiendo de algunas anteriores páginas mías invitando a superar su recuerdo.

Ese machaqueo de continuo en mi conciencia sobre el grave problema me ha llevado a escribir un ensayo para La Vanguardia de Barcelona, en la que colaboro con frecuencia; ensayo que titulo “No debemos olvidar la guerra civil”. No creo que  esas páginas puedan servir de colofón a la empresa de ustedes.

La guerra civil ha sido la mayor locura que los españoles hemos cometido en nuestra historia. Arranca de la rebelión de Asturias de 1934 provocada por la estulticia ambiciosa de Largo Caballero. Después de haberme jugado la vida y la de los míos en la embajada de Lisboa, logré permanecer al margen de la guerra gracias a la generosidad de la Universidad de Burdeos, que creó una cátedra para mí. Cuando cayó Largo Caballero fui a Valencia. Allí mandaban los comunistas. Así volví a Burdeos, y allí estuve hasta que ocuparon la ciudad los alemanes.

La guerra civil ha destrozado mi vida. Desde 1934 lejos de mis padres, desde 1940 separado de mis hijos. Los franquistas me robaron todas mis cosas -las tenía magníficas por herencia de mis abuelos-. Llevo 44 años en destierro solitario. Yo no puedo, no puedo olvidar la guerra civil ni recomendar su olvido. En Madrid los rojos me mataron a familiares muy íntimos; en Avila, los blancos, a muy queridos amigos.

No es imposible que la crisis actual de nuestra España pueda llevar a otra, aunque no la deseen los sensatos. Muchas gentes más o menos jóvenes que viven en nuestra patria tal vez desconocen los horrores de la contienda pasada. Lejos de recomendar su olvido, yo les recordaría sus monstruosidades para que no sientan jamás la tentación de reincidir en ella.

Y ustedes no pueden publicar como colofón de su noble empresa mis opiniones y amenazas. Si me engaño, escríbanme.

En todo caso gracias por el honor, la confianza con que me han honrado. Un cordial apretón de manos.

 

CLAUDIO SÁNCHEZ ALBORNOZ

25-ENERO-1980

 

Carta de don Claudio Sánchez Albornoz a don Rafael García Arteaga, director de Ediciones Urbión y publicado en el Libro VI Tomo 11 de La Guerra Civil Española de Hugh Thomas de la misma editorial.

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Una respuesta to “LA GUERRA CIVIL HA DESTROZADO MI VIDA”

  1. xaviercomas Says:

    Don Claudio Sánchez Albornoz y Menduiña nació en Madrid el 7 de abril de 1893 y falleció el 8 de julio de 1984 en Ávila.
    Fue Presidente de la República Española en el exilio desde marzo de 1962 hasta febrero de 1971.
    Doctor por la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, catedrático de la Historia de España de la Universidad de Barcelona, de allí pasó a Valladolid y posteriormente a la de Madrid. En 1925 ingresó en la Real Academia de la Historia siendo el miembro más joven de la corporación.
    Diputado por Ávila en tres legislaturas, fue ministro de Estado.
    Rector de la Universidad Central de Madrid en 1932.
    Profesor en Burdeos, catedrático de la universidad de Mendoza en Argentina, luego pasó a Buenos Aires.
    Doctor honoris causa de las universidades de Burdeos, Gante, Tubinga, Lima, Buenos Aires, Oviedo, Valladolid y Lisboa. Recibió en 1970 como premio a su dedicación el Premio Feltrinelli de la Academia Lincei.
    Gran Cruz de Carlos II en 1983 y Premio Principe de Asturias en 1984 de Comunicación y Humanidades.

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