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LA NACIONALIDAD CATALANA Enric Prat de la Riba.

enero 19, 2009

“Nosotros veíamos el espíritu nacional, el carácter nacional, el pensamiento nacional, veíamos el Derecho, veíamos la lengua; y de lengua, Derecho y organismo, de pensamiento y de carácter y espíritus nacionales, extraíamos la Nación, que es, una sociedad de gente que hablan una lengua propia y tienen un mismo espíritu que se manifiesta uno y característico por debajo de toda la vida colectiva. 

Y veíamos más: veíamos que Catalunya tenía una lengua, Derecho, arte propio, que tenía un espíritu nacional, un carácter nacional, un pensamiento nacional, Catalunya era pues, una nación.

Y el sentimiento de patria, vive en todos los catalanes, nos hace sentir que patria y nación eran lo mismo, y que Catalunya era nuestra nación, igual que nuestra patria.

Si ser patria, ser nación era tener una lengua, una concepción jurídica, un sentido del arte propio, si era tener espíritu, carácter, pensamiento nacional. la existencia de la nación o de la patria era un hecho natural como la existencia del hombre, independientemente de los derechos que le fueran de hecho reconocidos.

Siendo la nacionalidad una unidad de cultura, un alma colectiva, con un sentir, un pensamiento y un querer propios, cada nacionalidad ha de tener la facultad de acomodar su conducta colectiva, esto es, su política, el sentimiento de sus cosas, para su conocimiento, para su propio querer. Cada nacionalidad ha de tener su Estado.

El Estado, pues, viene a ser un organismo, como una parte viva de la nacionalidad, por eso no se puede pertenecer a dos nacionalidades diferentes, como un corazón no puede palpitar en dos cuerpos diferentes, como un mismo cerebro no puede servir de instrumento de la vida anímica a dos hombres diferentes.

A cada nación un Estado, esta es la fórmula sintética del nacionalismo político, este es el hecho jurídico que ha de corresponder al hecho social de la nacionalidad.

Consecuencia de toda la doctrina expuesta es la reivindicación de un Estado catalán, en unión federativa con los Estados de las otras nacionalidades de España. Del hecho de la nacionalidad catalana nace del derecho a la constitución de un Estado propio, de un Estado catalán. Del hecho de la actual unidad política de España, del hecho de la convivencia secular de diferentes pueblos, nace un elemento de unidad, de comunidad, que los pueblos unidos han de mantener y solidificar. De aquí el Estado compuesto.

Estos dos hechos primarios, fundamentales: el de la personalidad nacional de Catalunya, y el de la unidad de España, reforzados por dos leyes correlativas: la de libertad, que implica la autonomía y la espontaneidad social, la de la universalidad que lleva a la constitución de potencias mundiales, se resuelven con una fórmula de armonía, que es la Federación Española.

Así el nacionalismo catalán, que nunca ha estado o sido separatista, que siempre ha sentido intensamente, la unión y hermandad de las nacionalidades ibéricas dentro de la organización federativa, tiene una aspiración de un pueblo que, con conciencia de su derecho y de su fuerza, marcha, con paso seguro, por el camino de los grandes ideales progresistas de la humanidad.”

LOS SALARIOS Y LOS PRECIOS EN 1951

enero 4, 2009

Los sueldos en esos años eran irrisorios. Un peón de la construcción ganaba a la semana, entre una cosa y otra, unas 97 pesetas, un oficial de primera de este ramo venía a ganar unas 153 pesetas, también a la semana. Por lo que se refiere a la industria textil, los salarios todavía eran más bajos, entre 65 y 75 pesetas, por el mismo período de trabajo. En cambio los trabajadores del metal ganaban algo más: un peón de Macosa ganaba 120 pesetas por las mismas horas de trabajo, y un operario de primera, 186 pesetas. Estas cifras eran todavía más altas en empresas como Elizalde o Enasa, donde un operario de primera podía llegar a ganar algo más de 250 pesetas a la semana.

Todo esto, claro está, en jornadas de 10 o 12 horas de trabajo, cuando no eran más, e incluyendo toda clase de posibles incrementos salariales, pluses de asistencia, de puntualidad, de encarecimiento de la vida, primas, horas extraordinarias, etc.

Para que sean evidentes los límites de estos salarios, quizás convenga recordar recordar que en aquellos mismos años una docena de huevos valía por término medio 29 pesetas, un litro de aceite 30 pesetas, un kilo de carne de cordero 27 pesetas, un kilo de carne de ternera entre 50 y 60 pesetas, un kilo de arroz 11 pesetas, un kilo de plátanos 7 pesetas, un kilo de patatas 4 pesetas, un kilo de pan entre 12 y 14 pesetas, etc.

La desproporción entre salarios y precios es evidente.

Félix Fanés. La vaga de tramvies del 1951.

CIPRIANO MERA SANZ (Madrid, 1897-París, 1977)

enero 3, 2009

Dirigente anarquista. Hijo de un albañil militante de la UGT, se crió en el barrio madrileño de Tetuán, en medio de la penuria común al proletariado de la época. Comenzó a trabajar antes de cumplir los catorce años, sin haber pisado una escuela. A los veinte asistió a una una academia nocturna durante algunos meses, aprendiendo a escribir y leer sin demasiada soltura. Pero la posibilidad de leer fue toda una conquista para una persona inquieta como ya era por entonces Mera. Aprendió el oficio paterno y empezó a militar en el mismo sindicato que su padre. Hasta 1920 no tuvo relación alguna con el anarquismo.

Por aquellos años Mera tenía aficiones teatrales y participó en festivales cuya recaudación iba a engrosar los fondos en favor de los presos. No se integró plenamente en el movimiento sindicalista hasta el advenimiento de la dictadura de Primo de Rivera, militando todavía en la UGT, de la que fue tres veces delegado de obras, aunque lo hiciese simultáneamente en grupos cercanos a la Federación Anarquista Ibérica (FAI). Duro, introvertido, intuitivo, poco dado a simpatías superficiales, Mera resultó el tipo ideal para la militancia clandestina. Pronto destacó, a pesar de su escasa cultura, por su capacidad coordinadora y por su habilidad para burlar la persecución policíaca.

A la caída de la dictadura, Mera era uno de los hombres clave del Sindicato Único de la Construcción, uno de los más fuertes de la CNT, que ya en noviembre de 1930, junto con la UGT, se lanzó a una de las huelgas más importantes del sector. Recién proclamada la segunda República, se celebró en Madrid (10/6/1931) un congreso de la CNT en el que Mera se mostró plenamente integrado, con Durruti, Ascaso, García Oliver, etc. en el sector faista que se impuso al sector sindicalista más moderado.

A finales de mayo de 1936 estalló una huelga de la construcción que dió, una vez más, con Mera en la cárcel, en la que se encontraba el 18 de julio de 1936, Puesto en libertad, pasó inmediatamente a dirigir las milicias cenetistas que tan brillante papel desempeñaron en la dura batalla por la defensa de Madrid en noviembre de 1936.

Tras la batalla de Madrid, Mera participó con sus hombres en las principales acciones de la guerra civil, al frente de la 14 División, destacándose especialmente en la de Guadalajara, con la brillante toma de Brihuega que desencadenó la desbandada de las fuerzas italianas. Participó también en la sangrienta batalla de Brunete. El 6 de Octubre de 1937 tomó posesión de la jefatura del IV Cuerpo de ejercito, mando que le fue conferido por Prieto, a la sazón ministro de Defensa Nacional. Eran cuatro divisiones, con unos 50.000 hombres. A principios de abril de 1938, fue ascendido a teniente coronel.

En marzo de 1939, Mera apoyó la constitución , a iniciativa del coronel Segismundo Casado, de la Junta de Defensa Nacional, sublevada contra el gobierno de Negrín. En la lucha contra las unidades comunistas, las fuerzas de Mera desempeñaron un papel, discutido y discutible, de primera importancia.

Presentó su dimisión a Casado y marchó a Valencia. Del aeródromo de Chiva salió de España en avión, aterrizando en Orán el 29 de Marzo de 1939. Internado en un campo de concentración, en febrero de 1942 fue entregado a las autoridades franquistas. El 26 de abril de 1943 fue condenado a muerte, siéndole conmutada la pena por treinta años. Hasta 1945 trabajó en la construcción de la prisión madrileña de Carabanchel, negándose siempre a pedir un indulto personal.

Puesto en libertad por el indulto general de octubre de 1945, salió clandestinamente de España en febrero de 1947, para asistir en Francia a un pleno de la CNT. Sus compañeros lograron que se quedara en Francia como refugiado político.

Hasta 1969, a sus setenta y dos años, vivió de su trabajo como albañil en la región de Caen.