MIGUEL DE UNAMUNO – La tragedia de España 1936

El filósofo vasco Miguel de Unamuno, sumo sacerdote de la generación del 98, como rector de la universidad de Salamanca, al empezar la guerra civil se encontraba en territorio nacionalista.

La República le había desilusionado había admirado a algunos de los jóvenes falangistas, y dio dinero para el alzamiento. Todavía el 15 de septiembre apoyaba al movimiento nacionalista. Pero en octubre había cambiado de opinión. Veía a la España nacionalista como “militarización africanista pagano-imperialista”. Estaba, como dijo más tarde, “aterrado por el cariz que estaba tomando aquella guerra civil, realmente horrible, debido a una enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura, con un sustrato patológico”.

Unamuno una vez proclamada la Segunda República, fue nombrado rector de la Universidad de Salamanca y elegido a diputado en la Cortes Constituyentes en 1931. En 1934  la universidad de Grenoble le recibió  como doctor honoris causa. En 1935 fue nombrado ciudadano de honor de la República. En 1936 la universidad de Oxford lo honró con otro doctorado honoris causa. Por su apoyo a la sublevación de julio de 1936 fue destituido por la República de su rectorado y confirmado por la Junta de Burgos el 1 de septiembre de 1936, fue cesado al mes siguiente, por decreto firmado por el propio Franco. Vamos a intentar explicar la razón de que uno de nuestros más grandes pensadores, viviera atormentado sus últimos días y recordaré sus últimas palabras “Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse.”

Era el 12 de Octubre, se celebraba la Fiesta de la Raza y estamos en el paraninfo de la universidad de Salamanca. Estaban presentes el doctor Pla y Deniel, obispo de Salamanca y el general Millán Astray, fundador de la Legión extranjera, asesor oficioso de Franco. Presidía el  acto Unamuno, rector de la Universidad. Después de las formalidades iniciales, vinieron los discursos del dominico Vicente Beltrán de Heredia y del escritor monárquico José María Pemán. Ambos discursos fueron muy apasionados. También lo fue el del profesor Francisco Maldonado, que atacó violentamente al nacionalismo catalán y vasco.

Desde el fondo de la sala alguien gritó el lema de la legión extranjera: “¡Viva la muerte!” Millán Astray dió a continuación los gritos excitadores de multitudes que ahora ya eran habituales: “¡España!”, gritó. Automáticamente una serie de personas gritaron: “¡Una!” “¡España!” volvió a gritar Millán Astray. “¡Grande!”, contesto el auditorio. Y al grito final de “¡España!” de Millán Astray, sus seguidores respondieron : “¡Libre!”. Todos los ojos se volvieron hacia Unamuno, cuya antipatía a Millán Astray era conocida, y que, al levantarse para cerrar el acto, dijo:

“Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún modo, del profesor Maldonado. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo, y aquí Unamuno señaló al tembloroso prelado que estaba sentado a su lado, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona”.

Hizo una pausa. Se produjo un silencio cargado de temores. Nunca se había pronunciado un discurso como ese en la España nacionalista, ¿Qué diría el rector a continuación?

“Pero ahora, continuó Unamuno, acabo de oír el necrófilo e insensato grito: “¡Viva la muerte!” Y yo,  que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero, desgraciadamente, en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la  masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los mutilados a su alrededor.”

En este momento, Millán Astray ya no pudo contenerse por más tiempo. “¡Mueran los intelectuales!”, gritó. “¡Viva la muerte!”. Este grito fue coreado por los falangistas, con quienes el militar que era Millán Astray tenía, en realidad, muy poco en común. “¡Abajo los falsos intelectuales! ¡Traidores!”, gritó José María Pemán, deseoso de limar las aristas del frente nacionalista. Pero Unamuno continuó:

“Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.”

Siguió una larga pausa. Algunos de los legionarios que rodeaban a Millán Astray iniciaron un amenazador movimiento de aproximación al estrado. El guardia personal de Millán Astray apuntó a Unamuno con su ametralladora. La mujer de Franco, doña Carmen, se acercó a Unamuno y Millán Astray y pidió al rector que le diera el brazo. El se lo dió, y los dos salieron juntos, lentamente.

Pero esta fue la última vez que Unamuno habló en público.

Aquella noche, Unamuno fue al casino de Salamanca, del que era presidente. Cuando los miembros del casino, algo intimidados por este acontecimiento, vieron la venerable figura figura del rector subiendo las escaleras, algunos gritaron: “¡Fuera! ¡Es un rojo, y no un español! ¡Rojo y traidor!” Unamuno entró y se sentó. Un tal Tomás Marcos Escribano le dijo: “No debería  haber venido, don Miguel, nosotros lamentamos lo ocurrido hoy en la universidad, pero, de todos modos, no debería haber venido.” Unamuno se marchó, acompañado de su hijo, entre gritos de “¡Traidor!”. El único que salió con ellos fue un escritor de segundo orden, Mariano de Santiago. Unamuno tenía setenta y dos años. Al día siguiente, los periódicos de Salamanca publicaron los discursos de Pemán, Heredia, Francisco Maldonado y José María Ramos, pero ni siquiera mencionaron que Unamuno hubiera hablado. A partir de entonces, el rector ya casi nunca salió de su casa, y la guardia armada que le acompañaba tal vez era necesaria para garantizar su seguridad. La junta de la universidad “pidió” y obtuvo su dimisión del cargo de rector. Murió con el corazón roto de pena el último día de 1936. Al entierro de Miguel de Unamuno acuden falangistas con camisa azul, otros llevan a hombros el féretro, y hay quienes a su paso le saludan brazo en alto.

La tragedia de sus últimos meses fue una expresión natural de la tragedia de España, donde en ambos lados del frente la cultura, la elocuencia y la creatividad estaban siendo remplazadas por el militarismo, la propaganda y la muerte.

Las palabras de Unamuno están extraídas de Unamuno’s Last Lecture, de Luis Portillo. Publicada en Horizon y reproducida en Cyril Connolly, The Golden Horizon (Londres 1953).

La Guerra Civil Española de Hugh Thomas.

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5 comentarios to “MIGUEL DE UNAMUNO – La tragedia de España 1936”

  1. Francisco Tostón Says:

    Cada vez que se vuelven a evocar estos acontecimientos de nuestra guerra civil, nos damos cuenta de lo vivos que están sus personajes y sus ideas. Por eso no los olvidamos. La historia va colocando las cosas poco a poco en su lugar. La figura de don Miguel de Unamuno se agiganta más aún cada vez que leemos sus ensayos, sus novelas o sus poemas. Un gran español. Un gran vasco. Un gran intelectual. Un gran cristiano. Y por encima de todo, creo yo, un hombre honesto, que hoy en día es mucho decir. Como diría él mismo, “nada menos que todo un hombre”. Me admira especialmente su actitud ante la terrible contienda entre hermanos provocada por el tristemente célebre general Franco. Primero la apoya y cuando ve el oscurantismo, la falta de ideales, la cochambre intelectual y religiosa de los levantados, su fanatismo, su odio, su locura y su barbarie (tan parecida a los del otro bando) rectifica y lo dice sin miedo y en voz alta: “¡Venceréis pero no convenceréis!” Y efectivamente no convencieron sino a los que ya lo estaban. La Guerra Civil española fue una enorme tragedia y la figura de Franco y sus casi 40 años de dictadura, la mayor desgracia que le pudo ocurrir a la España contemporánea.

  2. Robert Says:

    Excelente testimonio final de Miguel de Unamuno un genio cuya vida estaba repleta de la savia de la contradicción constante.
    ¡Viva la República!

  3. SEGUNDO Says:

    CADA VEZ QUE VEO Y OIGO A LOS POLITICOS ACTUALES,ME DOY CUENTA QUE NO TIEMEN MAS CORDURA QUE LOS BANDOS QUE HICIERON LA GUERRA CIVIL,SI UNAMUNO FUESE HOY RECTOR,TENDRIA EL MISMO TRABAJO Y EL MISMO SUFRIMIENTO.ESTE PUEBLO SIGUE CON LA MISMA ENVIDIA QUE UNAMUNO DESCRIBIO EN SU NOVELA NIEBLA,TAMBIEN CONTINUAN LOS BOTARATES INDOCUMENTADOS DE TODAS
    LAS IDEOLOGIAS.
    FIRMADO.
    SEGUNDO

  4. party poker bonus code 2013 canada Says:

    Hello mates, how is all, and what you want to say on the topic of this article, in my view its truly remarkable for me.

    • Francisco Tostón de la Calle Says:

      Hola, amigos. No sé a cuento de qué vuelve la figura de don Miguel de Unamuno. Pero no importa, está bien. En este panorama de desastre moral, político y económico que estamos viendo, recordar a esta gran figura de la Generación del 98 me parece acertado y siempre oportuno. Hay algo especialmente admirable en don Miguel y su reacción ante el levantamiento del general Franco y su grupo de generales africanistas. Primero los apoya porque le parecen una garantía frente al desorden en que había caído la vida social en la II República. Desorden que, fomentado por las fuerzas de derechas, parecía reclamar una intervención militar que, aunque rumoreada, no se consideraba inminente ni real, tras el fracaso de la del general Sanjurjo. Cuando Unamuno obversa que el nuevo “orden” era mucho peor que lo que trataba de arreglar, se arrepiente y lo dice públicamente. Aquella rectificación estuvo a punto de costarle la vida. Sin embargo, la mantuvo hasta la muerte, convencido de que el grito del general Millán Astray, ¡”Viva la muerte!”, era lo más parecido a una lamentable necrofilia, tal como lo recuerda el pensador alemán ERICH FROMM, en su obra “El corazón del hombre”. Unamuno hizo bueno para siempre el dicho: “De sabios es cambiar de opinión”.

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