Archive for 29 diciembre 2008

PABLO IGLESIAS POSSE (El Ferrol, La Coruña, 1850-Madrid, 1925)

diciembre 29, 2008

Político español. Hijo mayor de una familia humilde, su padre era peón del ayuntamiento, conoció desde sus primeros años las duras condiciones de vida del proletariado de la época. Huérfano de padre a los pocos años, la madre vino andando de El Ferrol a Madrid con sus dos hijos, Pablo y Manuel, en busca de un tío materno, criado por un aristócrata. Pero el tío había muerto y Juana Posse no encontró otro trabajo que el de criada. Hubo por tanto, de dejar a sus hijos en el hospicio. Allí el fundador del Partido Socialista Obrero Español aprendió, entre golpes y regañinas, el oficio de tipógrafo. En 1862, a los doce años, se escapó del hospicio y empezó a trabajar en diversas imprentas. Desde niño su salud fue débil, había pasado demasiado hambre para ser un adolescente fuerte. Con frecuencia tuvo que defenderse del frío envolviéndose en papeles.

En 1870, antes de cumplir los veinte años, Pablo Iglesias ingresó en la Primera Internacional, apenas dos años después de su fundación. Publicó por entonces sus primeros artículos en La Solidaridad, y pronto ocupó cargos en la organización.

Consciente de sus limitaciones, Iglesias desplegó una auténtica sed de saber, al mismo tiempo que, desde muy joven, mostró una gran capacidad de asimilación y adaptación, unida a una enorme capacidad de trabajo, cualidades parejas a su honradez y austeridad personales, rayanas en el ascetismo, tan propio de algunos líderes de la época.

Desde un principio, los escasos núcleos de la Internacional conocieron las disputas entre los partidarios de Marx y de Bakunin, sazonadas con la ilegalidad y la represión de los diferentes gobiernos. En 1873, Iglesias ingresó en la Asociación General del Arte de Imprimir, de la que fue presidente un año después. En ella desplegó una enorme actividad y encontró el primer núcleo de colaboradores, con los que el 2 de mayo de 1879, en una taberna de la madrileña calle de Tetuán, fundó, en la clandestinidad por supuesto, el Partido Socialista Obrero Español.

La gran tarea de Pablo Iglesias fue la consolidación de estos primeros núcleos hasta hacer de ellos un partido político que la torpeza de la Restauración marginó sistematicamente de la vida política nacional, logrando así agravar problemas ya graves de suyo. En 1882 Iglesias fue procesado por participar en una huelga y, aunque la defensa la llevó nada menos que Pi y Margall, fue condenado a cinco meses de cárcel. En ella, volvería varias veces, redactó el informe que la Asociación del Arte de Imprimir envió a la Comisión de Reformas Sociales. Eran años de intensa actividad organizativa. En 1886, con enorme penuria de medios, 900 pesetas reunidas una a una, nació El Socialista, primero como semanario y siempre bajo la dirección de Pablo Iglesias, que se encargaba también del ajuste y la corrección de las pruebas. En 1888 se fundó la Unión General de Trabajadores y se consolidó el partido.

En 1889 Iglesias asistió al congreso de la Internacional celebrado en París, y sucesivamente, a los de Bruselas (1891), Zurich (1893), Londres (1896), etcétera. La labor incesante de Iglesias y sus primeros colaboradores logró consolidar lentamente el partido y la central sindical en medio de la represión y los ataques de los partidos y la prensa de la burguesía y de los sectores anarquistas. En 1905, Pablo Iglesias, Ormaechea y Largo Caballero fueron elegidos concejales del Ayuntamiento de Madrid, donde realizaron una eficaz labor. Tres años después se inauguró la Casa del Pueblo de Madrid. En 1910 gracias a la conjunción republicano-socialista, Pablo Iglesias fue el primer diputado socialista que accedía al parlamento, que se mostró hostil, conservando el escaño en todas las elecciones sucesivas.

A partir de 1910, la salud de Iglesias comenzó a flaquear. Tres años después hubo de abandonar la dirección efectiva de El Socialista, aunque mantuvo su actividad parlamentaria hasta 1917.

Su entierro fue una gran manifestación a la que se sumaron miles de personas.

LA PAZ DE NIMEGA

diciembre 20, 2008

El 10 de agosto de 1678, Holanda firmaba en Nimega la paz con Francia. El gobierno de Madrid no tuvo más remedio que adherirse, el 27 de setiembre.

Paz costosa y sin contrapartidas, sacrificada por sus aliados, España pagaba todo el precio y tuvo que ceder a Francia, el Franco Condado, el resto del Artois, Cambrésis y un recorte más de Flandes (Ypres, Bailleuil, Cassel, Poperingue) y de Hainaut (Valenciennes, Bouchain, Condé, Maubeuge). Solo recobró cuatro de las plazas perdidas en la paz de Aquisgran (Courtrai, Audenarde, Binche y Charleroi).

Juan José de Austria no sobrevivirá mucho tiempo a este desastre, moriría en el 1679, con sólo cincuenta años. De la misma manera se sellaba la suerte del Rosellón, vinculado irremediablemente a Francia y desde ese momento asimilado a la misma nación.

Del fracaso de la negociación de permuta, proseguida con tanta perseverancia por Luis XIV, solo los gobernantes españoles tenían la culpa. Cegados por la tradición funesta heredada de Carlos I, identificaban la grandeza de la Monarquía Católica con la posesión de los Paises Bajos, la defensa de los cuales agotaba a España y la mezclaba automaticamente con todos los conflictos europeos. Por conservar aquellas provincias lejanas, ya medio despedazadas por los holandeses en el norte y por los franceses en el sur, destinadas a perderse fatalmente del todo un día y que, efectivamente, se perderían unos años más tarde sin ninguna compensación por la Paz de Utrech (1713), los responsables de la política exterior española (particularmente Peñaranda y Don Juan de Austria) habían rehusado con obstinación recobrar el Rosellón y, probablemente, Portugal con su imperio colonial, restaurando así la unidad catalana y la integridad peninsular.

Pau de la Fàbrega: Oferiment de retrocessió del Rosselló a Espanya.

DIONISIO RIDRUEJO, un espíritu contradictorio.

diciembre 14, 2008

Hijo de un comerciante, estudió Derecho sin gran entusiasmo en el Real Colegio de María Cristina de El Escorial, donde vivió hasta 1933, año en que se afilió a Falange española y fue designado jefe provincial de Segovia, ciudad en la que inició su carrera literaria y periodística, escribiendo en la prensa local. En 1935 pasó a Madrid para seguir los cursos de la escuela de Periodismo de El Debate. Ese mismo año conoció personalmente a José Antonio Primo de Rivera.

Al estallar la guerra civil perteneció a la Junta Política. Serrano Suñer, en 1938, le nombró jefe del Servicio Nacional de Propaganda. Es conocido que cuando la toma de Barcelona, por el bando nacional, llevó propaganda redactada en catalán, que le fue confiscada. Tampoco se le permitió celebrar una serie de mítines que tenía previstos en favor de la reconciliación entre vencedores y vencidos. Según el gobernador militar, Alvarez Arenas, le manifestó el problema más grave era “restaurar los altares de la ciudad”. La Biblia, y no José Antonio, marcaría la pauta para el castigo de la antigua “ciudad roja”.

A finales de 1940 dimitió del cargo y, con Pedro Laín Entralgo, fundó la revista Escorial, intento de apertura intelectual. En 1941 se alistó en la División Azul, como soldado raso. En 1942, en carta dirigida a Franco, se dió de baja del partido y dimitió de la dirección de Escorial. En dicha carta acusó al dictador de “revanchista” “dando a la honrosa tarea del Poder una categoría de pago de gratificaciones”, en persona se atrevió en áquel momento a acusar de traidor a Franco y también de gestionar el hambre del pueblo, ceder ante las presiones eclesiásticas, sostener una justicia arbitraria y que él mismo se aguantaba gracias a un ejercito opresor. Todo esto en 1942.

Fue desterrado a Ronda en el mismo año y a Sant Cugat del Vallés en 1947.

Colaboró con la revista Destino, pero pasó muchas estrecheces económicas y para publicar, hasta sus libros de poesías tuvieron un vacío. Recibió ayuda económica de sus antiguos colaboradores y amigos, Gonzalo Torrente Ballester, Xavier de Salas, Joan Ramón Masoliver, José María Fontana y otros.

En 1948 logró un puesto de corresponsal en Italia, donde permaneció dos años y medio.  En 1950 recibió el Premio Nacional de Literatura, y en 1953 el “Mariano de Cavia” de periodismo.

Una conferencia que dio en Barcelona en 1955 estuvo a punto de llevarle ante un tribunal militar. En 1956 fundó un pequeño grupo político autodenominado Partido Social de Acción Democrática. En 1957 volvió a la cárcel por unas declaraciones al semanario Bohemia de la Habana y otras ligeras complicaciones que le obligaron a disfrutar de la hospitalidad del Estado durante cinco meses. Ejerció la docencia en Estados Unidos a principio de los años sesenta.

La publicación en Buenos Aires en 1962 de uno de sus libros más importantes y prohibidos, Escrito en España, le llevó esta vez al exilio en París. En ese mismo año, participó en un encuentro en Múnich, entre disidentes y opositores exiliados, en lo que la prensa oficial llamó “el contubernio de Múnich”.

Manteniendo siempre sus ideas de corte socialdemócrata, Ridruejo siguió, a su modo y en la medida de sus posibilidades, luchando por la apertura y democratización de la sociedad española. En 1974 fundó Unión Social Demócrata Española, de planteamientos muy similares a la democracia cristiana de Joaquín Ruíz Giménez.

Su muerte le impidió ver el renacimiento de la democracia en España.

Su actividad poética comenzó en 1935 con la publicación de Plural y Singular. Destacan Fábula de la doncella y el río en 1943, Elegías en 1948 y Cuaderno catalán en 1946. Su último libro poético, En breve, apareció el mismo año de su muerte.

En prosa publicó aparte de Escrito en España, En algunas ocasiones, y una Guía de Castilla la Vieja, entre otras, su último libro se tituló Casi unas memorias.

Realmente se hace difícil comprender, su trayectoria, su integridad moral, su valor y su entereza. Pudo haber sido todo y se quedó sencillamente en un español, que luchó por sus ideas, equivocadas o no, contradictorio en su historia,  aunque eso le supuso estrecheces y falta de reconocimiento.

MIGUEL DE UNAMUNO – La tragedia de España 1936

diciembre 8, 2008

El filósofo vasco Miguel de Unamuno, sumo sacerdote de la generación del 98, como rector de la universidad de Salamanca, al empezar la guerra civil se encontraba en territorio nacionalista.

La República le había desilusionado había admirado a algunos de los jóvenes falangistas, y dio dinero para el alzamiento. Todavía el 15 de septiembre apoyaba al movimiento nacionalista. Pero en octubre había cambiado de opinión. Veía a la España nacionalista como “militarización africanista pagano-imperialista”. Estaba, como dijo más tarde, “aterrado por el cariz que estaba tomando aquella guerra civil, realmente horrible, debido a una enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura, con un sustrato patológico”.

Unamuno una vez proclamada la Segunda República, fue nombrado rector de la Universidad de Salamanca y elegido a diputado en la Cortes Constituyentes en 1931. En 1934  la universidad de Grenoble le recibió  como doctor honoris causa. En 1935 fue nombrado ciudadano de honor de la República. En 1936 la universidad de Oxford lo honró con otro doctorado honoris causa. Por su apoyo a la sublevación de julio de 1936 fue destituido por la República de su rectorado y confirmado por la Junta de Burgos el 1 de septiembre de 1936, fue cesado al mes siguiente, por decreto firmado por el propio Franco. Vamos a intentar explicar la razón de que uno de nuestros más grandes pensadores, viviera atormentado sus últimos días y recordaré sus últimas palabras “Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse.”

Era el 12 de Octubre, se celebraba la Fiesta de la Raza y estamos en el paraninfo de la universidad de Salamanca. Estaban presentes el doctor Pla y Deniel, obispo de Salamanca y el general Millán Astray, fundador de la Legión extranjera, asesor oficioso de Franco. Presidía el  acto Unamuno, rector de la Universidad. Después de las formalidades iniciales, vinieron los discursos del dominico Vicente Beltrán de Heredia y del escritor monárquico José María Pemán. Ambos discursos fueron muy apasionados. También lo fue el del profesor Francisco Maldonado, que atacó violentamente al nacionalismo catalán y vasco.

Desde el fondo de la sala alguien gritó el lema de la legión extranjera: “¡Viva la muerte!” Millán Astray dió a continuación los gritos excitadores de multitudes que ahora ya eran habituales: “¡España!”, gritó. Automáticamente una serie de personas gritaron: “¡Una!” “¡España!” volvió a gritar Millán Astray. “¡Grande!”, contesto el auditorio. Y al grito final de “¡España!” de Millán Astray, sus seguidores respondieron : “¡Libre!”. Todos los ojos se volvieron hacia Unamuno, cuya antipatía a Millán Astray era conocida, y que, al levantarse para cerrar el acto, dijo:

“Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún modo, del profesor Maldonado. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo, y aquí Unamuno señaló al tembloroso prelado que estaba sentado a su lado, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona”.

Hizo una pausa. Se produjo un silencio cargado de temores. Nunca se había pronunciado un discurso como ese en la España nacionalista, ¿Qué diría el rector a continuación?

“Pero ahora, continuó Unamuno, acabo de oír el necrófilo e insensato grito: “¡Viva la muerte!” Y yo,  que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero, desgraciadamente, en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la  masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los mutilados a su alrededor.”

En este momento, Millán Astray ya no pudo contenerse por más tiempo. “¡Mueran los intelectuales!”, gritó. “¡Viva la muerte!”. Este grito fue coreado por los falangistas, con quienes el militar que era Millán Astray tenía, en realidad, muy poco en común. “¡Abajo los falsos intelectuales! ¡Traidores!”, gritó José María Pemán, deseoso de limar las aristas del frente nacionalista. Pero Unamuno continuó:

“Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.”

Siguió una larga pausa. Algunos de los legionarios que rodeaban a Millán Astray iniciaron un amenazador movimiento de aproximación al estrado. El guardia personal de Millán Astray apuntó a Unamuno con su ametralladora. La mujer de Franco, doña Carmen, se acercó a Unamuno y Millán Astray y pidió al rector que le diera el brazo. El se lo dió, y los dos salieron juntos, lentamente.

Pero esta fue la última vez que Unamuno habló en público.

Aquella noche, Unamuno fue al casino de Salamanca, del que era presidente. Cuando los miembros del casino, algo intimidados por este acontecimiento, vieron la venerable figura figura del rector subiendo las escaleras, algunos gritaron: “¡Fuera! ¡Es un rojo, y no un español! ¡Rojo y traidor!” Unamuno entró y se sentó. Un tal Tomás Marcos Escribano le dijo: “No debería  haber venido, don Miguel, nosotros lamentamos lo ocurrido hoy en la universidad, pero, de todos modos, no debería haber venido.” Unamuno se marchó, acompañado de su hijo, entre gritos de “¡Traidor!”. El único que salió con ellos fue un escritor de segundo orden, Mariano de Santiago. Unamuno tenía setenta y dos años. Al día siguiente, los periódicos de Salamanca publicaron los discursos de Pemán, Heredia, Francisco Maldonado y José María Ramos, pero ni siquiera mencionaron que Unamuno hubiera hablado. A partir de entonces, el rector ya casi nunca salió de su casa, y la guardia armada que le acompañaba tal vez era necesaria para garantizar su seguridad. La junta de la universidad “pidió” y obtuvo su dimisión del cargo de rector. Murió con el corazón roto de pena el último día de 1936. Al entierro de Miguel de Unamuno acuden falangistas con camisa azul, otros llevan a hombros el féretro, y hay quienes a su paso le saludan brazo en alto.

La tragedia de sus últimos meses fue una expresión natural de la tragedia de España, donde en ambos lados del frente la cultura, la elocuencia y la creatividad estaban siendo remplazadas por el militarismo, la propaganda y la muerte.

Las palabras de Unamuno están extraídas de Unamuno’s Last Lecture, de Luis Portillo. Publicada en Horizon y reproducida en Cyril Connolly, The Golden Horizon (Londres 1953).

La Guerra Civil Española de Hugh Thomas.