PARA EL OBRERO VIVIR ES NO MORIR…

La otra cara de la moneda del desarrollo industrial fue el nacimiento del proletariado, la nueva clase social formada por los que no eran propietarios de los medios de producción y vendían su fuerza de trabajo a cambio de un salario. En estos años iniciales, las condiciones de trabajo dejaban mucho que desear. No había ni un atisbo de legislación social; ni seguros, ni subsidio de desmpleo, ni reglamentos de higiene y seguridad en el trabajo. Este solía desarrollarse en un ambiente malsano, y accidentes laborales se producían con excesiva frecuencia, que cuando no eran mortales, condenaban a sus víctimas a un futuro incierto, ya que no las protegía ningún seguro ni tenían derecho a percibir pensiones.

Las jornadas labotrales eran agotadoras. Según datos que aporta Josep M. Huertas Clavería, en las industrias textiles laneras de Sabadell se trabajaban doce horas, gracias a unos pactos que se habían establecido durante el Bienio Progresista (1854-1856), mientras que en la misma época, en las colonias industriales que se multiplicaban a lo largo del Ter, se trabajaban 13 horas diarias, y en las hilaturas y fábricas textiles de la comarca de Osona, 69 horas semanales: 12 horas de lunes a viernes y 9 horas los sábados. En otras fábricas las jornadas podían llegar a las 14, 15 o incluso 16 horas diarias. En todos los casos había un solo día de descanso semanal y no se daban vacaciones. De hecho, la jornada de ocho horas no se consiguió hasta bien entrado el siglo XX.

El trabajo, era además inestable, y el peligro de crisis constituía una realidad trágica para el obrero, porque dejar de trabajar suponía dejar de cobrar, sin posibilidad de recibir ningún subsidio.

Los sueldos eran muy bajos, de pura y simple subsistencia. La peor lacra la constituía, sin embargo, el trabajo de los niños, una realidad habitual a partir de los ocho años, con idénticas jornadas agotadoras que minaban sus organismos.

Durante el Bienio Progresista los empresarios consiguieron impedir la aprobación de una ley que preveía, como un gran avance, que entre los ocho y los diez años los niños solo trabajasen seis horas, y que entre los doce y los dieciocho la jornada fuese de diez horas. No hace falta decir que los niños cobraban mucho menos que los adultos. También huelga aclarar-porque es una realidad que se ha mantenido y se mantiene-que el sueldo de las mujeres era notablemente inferior al de los hombres aunque realizasen el mismo trabajo.

En estas condiciones, la esperanza de vida de quienes componían el proletariado era muy baja. Para decirlo en palabras del historiador Josep Fontana, “en aquella época la diferencia entre el patrono y sus obreros no solo se reflejaba en la posibilidad de obtener más goce de la vida, sino en la posibilidad de vivir el doble”.

En nombre del principio supremo de la libertad, se pretendía que obreros y empresarios eran libres de establecer y rescindir contratos. El empresario podía establecer las condiciones que considerase convenientes y el obrero era libre de aceptarlas o no. Es lo que expresa, en 1835, un documento de una organización patronal, la Comisión de Fábricas: “Que así como el operario es libre de dejar el telar siempre y cuando le convenga, lo sea asimismo el fabricante para despedirlo cuando convenga.” Ni que decir tiene que se trataba de una cínica falacía, porque el obrero no tenía otra alternativa que aceptar las condiciones que le imponía el empresario, si quería escapar del hambre y de la miseria.

Las condiciones de vida del proletariado, fuera de la fábrica, eran también muy precarias. Vivía en barrios suburbiales, en viviendas insalubres, mal ventiladas, sin las mínimas condiciones de habitabilidad. El analfabetismo y la incultura completaban este cuadro atroz, que era la vida diaria de una parte importante de la población catalana.

Una dieta alimentaria desequilibrada y escasa, en la que la carne era un lujo, provocaba desnutrición, y explica la trágica frecuencia con que el tifus y la tuberculosis hacían mella en los individuos más débiles.

Un obrero francés-porque esta situación no era privativa de Catalunya, sino característica de los primeros tiempos de la revolución industrial-expresó la triste condición del naciente proletariado con una frase sobrecogedora, pero real:

“Para el obrero, vivir es no morir…”

Anuncios

Una respuesta to “PARA EL OBRERO VIVIR ES NO MORIR…”

  1. Rosa Says:

    Pues no te creas a veces pienso que vamos hacia atras recuerda dias atras cuando un iluminado presidente Europeo arropado por otro de su misma calaña pretendia que volviesemos hacer 60 horas, o sea que para ciertos politicos el pueblo no es nada, solo lo quieren a la hora de ir a las urnas luego si pueden aparte de exprimirlo que le den. un beso

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: