EL EXPERIMENTO IBARRETXE

Son muy escasas las novedades de fondo que el cuidado calendario de escenificación del Plan Ibarretxe está aportando a lo inicialmente planteado en el otoño de 2002. Apenas unos datos imprecisos sobre los plazos y nuevos retruécanos en esa agotadora combinación de las palabras Convivencia, Pacto y Diálogo que, a modo de estandarte, agita impenitentemente el Gobierno tripartito vasco.

 

Los observadores políticos parecen más atentos a las reacciones que produce en los demás la actuación de Juan José Ibarretxe (incluyendo aquí, para sorpresa de muchos, al propio PNV en su proceso electoral interno) que a los contenidos de su discurso. La estrategia artera del Presidente del Gobierno Vasco se está mostrando muy efectiva, proporcionando incluso aquellos frutos que más deseaban por su alta rentabilidad política: respuestas desmedidas del Gobierno Central para realimentar su discurso victimista, pasos equívocos de la oposición socialista, y recolocación estratégica del mundo etarra ante la sangría de apoyos de unos seguidores dispuestos a conformar una nueva mayoría nacionalista junto al PNV.
El discurso de Ibarretxe está plagado de tópicos difíciles de rechazar por el ciudadano bienintencionado. Diálogo, Convivencia, Normalización, Consulta, Pacto o Debate son palabras-vaselina que cumplen la misión de ofrecer una solución “fácil” a una ciudadanía agotada tras veinticinco años de terrorismo. Y hablamos de solución “fácil” (incluso cómoda) porque para asumirla no son necesarios el “dolor de los pecados”, los “actos de contrición” o el “propósito de enmienda”.

Según los nacionalistas (vascos y españolistas) el conflicto en el País Vasco podría resolverse por arte de magia (con autodeterminación o con mano dura); como si en estos veinticinco años no hubiese pasado nada y, lo que es aún peor, como si aún hoy no pasase nada. Ambos quieren convertir la solución a la crisis de convivencia en el País Vasco en una cuestión puramente procedimental. Para los nacionalistas vascos es sencillo: ¿Por qué se empeña Madrid (es decir el Eje del Mal) en impedir una simple consulta? ¿Sólo porque no se contempla en la Constitución? Cambiémosla, pues.

Ganar el debate de la opinión pública en el País Vasco con tales banderas (diálogo, convivencia, cuestiones de procedimiento…) parece ciertamente sencillo; la penetración es importante incluso entre un sector de la inteligencia española. También parece fácil hacerlo fuera del País Vasco con las banderas contrarias (pena de muerte, “no hay nada de qué hablar”, “nacionalismo vasco igual terrorismo”, …) ¿Cómo hacer frente entonces a un discurso falaz pero atractivo, tramposo pero con apariencias de honestidad, sectario pero aparentemente integrador?

Estamos viendo cómo lo hace el Gobierno del PP y los sectores más ultraderechistas del espectro político español y no nos gusta. A un discurso nacionalista nunca se le puede vencer dialécticamente con más nacionalismo, simplemente se entra en una espiral interminable por ver quien construye la bandera más grande o quien la sustenta con el mástil más arrojadizo.

Al mismo PP al que debemos, en justicia, colocar en su haber el hacer cumplir la ley en el País Vasco acabando con la impunidad del aparato civil de ETA, debemos también recordar su gravísima responsabilidad en la derrota electoral que los partidos nacionales (PP y PSOE) tuvieron ante el frente nacionalista (PNV-EA) tras su nefasta campaña de españolismo centralista, rancio y panderetero. El discurso patriotero (que no patriota) no gana adeptos sino que refuerza a los enemigos de España y desalienta a los indecisos. También la sacralización de la Constitución como marco de convivencia inamovible cuando todo marco de convivencia tiene como objetivo ser ajustado es inconsistente, por mucho que ofrezca importantes réditos electorales en Andalucia o Extremadura.

Desde la oposición, la izquierda y en especial IU no ofrecen mejores perspectivas. Sus viejos complejos paleoprogresistas les impiden defender con orgullo la idea de España por lo que se limitan a presentar simples modelos de organización territorial malamente consensuados entre ellos mismos.

Lo cierto, aunque a algunos parezca inapropiado recordarlo en estos momentos, es que la Hispanidad no estuvo nunca, al igual que los más grandes proyectos de la Humanidad, apegada a la territorialidad. España creció hasta hacerse inabarcable y decreció hasta poco más que su cuna. No es ese el problema. Hacemos mal y entendemos mal el problema de España si pretendemos plantear el envite de Ibarretxe exclusivamente desde la perspectiva de la desmembración territorial. La patria es una e indivisible porque no se puede parcelar, ni para atacarla ni para defenderla. Cuando hemos hablado de las Españas, hablamos de España vista y vivida desde cada singularidad, no de la suma de las supuestas partes de España.

Decíamos que Ibarretxe utiliza palabras difíciles de rechazar a priori por una ciudadanía ávida de soluciones. Pero esos términos deben ser explicitados en profundidad hasta ver qué se esconde tras cada una de ellos. Sabemos que las palabras vacías, como las banderas sin proyectos de convivencia en común, sólo sirven para avivar las pasiones más irracionales de las masas al servicio de minorías cuyos intereses sectarios no tendrían de otra forma el respaldo de los ciudadanos.

Pese a todo, los falangistas Auténticos queremos dejar constancia que nos gustan las palabras Pacto, Diálogo o Convivencia. Lo único que exigimos como cuestión previa es que (y eso es innegociable por nuestra parte) cualquier forma de diálogo político se construya sobre la base de la normalidad cívica, el respeto a la Ley y a la Dignidad de las personas y la utilización honesta de información objetiva y no manipulada. Desgraciadamente ninguna de estas características se da actualmente en la sociedad vasca y no es de recibo que se pretenda dialogar o pactar bajo la presión de las pistolas de ETA, como si nada pasara.

Curiosamente la Declaración de Principios de Falange Auténtica (uno de nuestros documentos constituyentes) hace referencia a los conceptos de Unidad, Pacto y Diálogo de la siguiente forma: “FALANGE AUTÉNTICA quiere colaborar a la articulación de grandes pactos sociales que nos impulsen como nación. La cultura del diálogo honesto, desde el respeto a las normas pactadas y a la diversidad de los otros, es el único camino para alcanzar unidad de acción.

Los falangistas históricamente hemos valorado muy especialmente la Unidad. A menudo se confunde unidad con uniformidad o con imposición de un modelo y un camino para que todos lo tengan que seguir sin rechistar. Es un error. La unidad es compatible con la diversidad, la autogestión y la libre voluntad de las personas; la uniformidad social es sencillamente imposible. […]

Defendemos el derecho individual a la discrepancia y fomentaremos la toma de decisiones por cauces participativos y democráticos. Confiamos en la bondad y el pragmatismo que supone la unidad y el pacto a todos los niveles: familiar, laboral, social o entre los pueblos y las tierras de España. Lejos de implicar un sometimiento de unos a las decisiones de otros, refleja el deseo de no dejarse a nadie por el camino y de intentar que el objetivo positivo que beneficie a unos pueda ser al tiempo beneficioso para todos los demás”.

Una de las claves del pensamiento falangista es la creencia en la existencia de realidades sustanciales (como España, la Justicia o la Libertad y Dignidad intrínseca de las personas) cuya esencia no depende de la voluntad relativa expresada en un sufragio. Precisamente ese es el sustento de nuestra fuerte defensa de los procedimientos democráticos como vía para la participación de todos los ciudadanos en la resolución de sus problemas y en las tareas del gobierno. Todo lo que no es sustancial es objeto de la acción política en Democracia.

Sabemos que España no va a desaparecer como tampoco va a nacer esa Euskadi que augura Arzalluz por la celebración de un referéndum en lugar alguno. Por grave que sea la hipótesis, que rechazamos, tampoco va a morir España por la segregación de una parcela de tierra o la desafección de algunos de nuestros compatriotas. España es un proyecto de calado histórico que, como todos los grandes proyectos que ha contemplado la Humanidad, ha conocido escisiones (nuestros hermanos portugueses), ampliaciones (nuestro Imperio americano) y recesiones (la descolonización). Desde esa convicción, que nos hace fuertes, hemos de afrontar el envite Ibarretxe con mesura y en su justo término.

Cuando ya se anuncian tiempos en que se habrá de debatir en profundidad el papel de los estados-nación en la nueva Europa y cuando la realidad de los mercados y los entornos de comunicación globalizados están forzando la necesidad de repensar las viejas fórmulas de organización política los temas de debate propuestos por Ibarretxe son, cuanto menos, extemporáneos.

Lo hemos dicho ya públicamente: “Somos partidarios de un modelo republicano y descentralizado basado en los principios de la autonomía, la corresponsabilidad y la solidaridad interterritorial. Su concreción jurídico-administrativa no sería un asunto relevante para FALANGE AUTÉNTICA si se abordara por parte de todos desde la lealtad a un proyecto de convivencia común” llamado España.

El problema es que Ibarretxe miente cuando habla de un proyecto de convivencia. Su plan es sólo una estrategia para desarrollar su programa de máximos: la ruptura política con el Estado Español. Por lo tanto cualquier nueva concesión en el terreno jurídico-administrativo debe ser rechazada en tanto no podamos hablar de lealtad institucional.

El otro término-talismán de los nacionalistas es la Autodeterminación. La falacia nacionalista tanto para demandar como para negar la ejecución del derecho a la autodeterminación está en la determinación del sujeto que la ejercita y los límites de su utilización. El nacionalista considera que el sujeto que se autodetermina es “el pueblo vasco” o (según la Constitución) “el pueblo español” y que su ejercicio no tiene límites.

Que los ciudadanos vascos (o cualquier otros) pudieran pronunciarse en un referéndum sobre cualquier circunstancia que afecte a su convivencia es perfectamente comprensible desde nuestro concepto de la Libertad y la Autogestión; sin embargo pretender que la esencia de una nación pueda crearse o modificarse con un sufragio es un propósito que no responde a la realidad histórica, política y social de los seres humanos.

Por otro lado y aunque sea una cuestión menor, el proyecto Ibarretxe así formulado ni siquiera solventa los innumerables problemas técnicos que presenta una consulta de autodeterminación que no abarcara al universo de los ciudadanos vinculados por el pacto constituyente, en este caso el del Estado Español. ¿Cuál sería el ámbito de validez para seleccionar los participantes en el referéndum? ¿Quién lo determinaría y con qué criterio? ¿Qué entenderíamos por persona afectada por el problema en cuestión? ¿Cabría la posibilidad de que subgrupos homogéneos del grupo autodeterminado procedieran a autodeterminarse en sentido contrario? Este procedimiento, como cualquier otro en la sociedad, debe afrontarse desde una amplia garantía al respeto a los derechos de las minorías.

La esencia de España no la pone en peligro Ibarretxe, la pondremos en peligro los españoles si no somos capaces de construir un proyecto ilusionante de vida común. La haremos peligrar los españoles si renunciamos, como hemos hecho en otros momentos de nuestra historia, a estar presentes en el solar vasco con nuestra voz y nuestro proyecto (y eso hoy se llama presencia mediática e institucional). La haremos peligrar los españoles si consentimos que al proyecto de construir una Euskadi Independiente por medios pacíficos no se enfrente en igualdad de condiciones para el debate (sin coacciones, violencia ni discriminación) el apasionante proyecto de una España moderna y justa.

En nuestra Declaración de Principios se hace el siguiente planteamiento con respecto a la idea de España: “FALANGE AUTÉNTICA ve con disgusto el intento de construir la patria española sobre los rancios principios del nacionalismo romántico y etnicista. Somos contrarios al nacionalismo en cuanto expresión refinada del individualismo de los pueblos. Nuestro concepto de patria se fundamenta en la creencia de que la misma es común e indivisible, siendo nuestra labor ilusionar a las personas para que libremente se comprometan a abrazar un proyecto patriótico que merezca ser llamado de esa manera. La patria del s. XXI, si es impuesta, pierde todo su sentido”.

Para los falangistas Auténticos, el desafío del Gobierno Vasco democráticamente elegido es el síntoma (y no la causa) de que persiste el problema de España y de que, como sociedad, no hemos sabido dar respuesta a ese conflicto. Cuando el Estado Español (y tal vez también España) se retiró del País Vasco en la Transición dejó prácticamente todos los mecanismos del poder en manos del Gobierno Vasco. Ese Gobierno Vasco ha actuado durante veinticinco años como un cuasi-Estado constructor de la nación vasca; lo hizo con la receta de los que tienen prisa en construir una patria inexistente: sangre y odio. Construir Euskadi destruyendo y odiando España. Hoy simplemente vemos las consecuencias de esa decisión.

Actualmente en el País Vasco existe un grupo importante de conciudadanos nuestros que no quieren ser españoles y que en un porcentaje significativo, incluso odian España. Sin embargo, eso no es suficiente para afirmar definitivamente que “Euskadi es una nación” o que “Euskadi no es España”. Para la auténtica construcción nacional hacen falta siglos de decantación y mestizaje, ni siquiera veinticinco años de polpot cultural peneuvista son capaces de establecer el complejísimo marco de equilibrios que identifica a los vínculos nacionales.

La oferta Ibarretxe está plagada de planteamientos irreflexivos sostenidos contra todo criterio histórico. Aunque Ibarretxe los ignore, todos conocemos los dramáticos resultados prácticos de los “experimentos” políticos que trajo consigo el S.XX. Los ejemplos de autodeterminación “moderna” no pueden ser más desalentadores: la construcción “artificial” del estado de Israel; la partición de Alemania, Vietnam o las Coreas; la URSS; Yugoslavia; la India, Pakistán y otros restos del Imperio Británico o el proceso de descolonización africano son la auténtica prueba del fracaso de las “soluciones imaginativas” que se pretenden imponer a la tozuda constatación de la realidad.

En nuestro caso, esa tozuda constatación de la realidad es que el País Vasco es una pequeña comunidad mestiza cuyo origen étnico se pierde efectivamente en la noche de los tiempos pero cuya convivencia, progreso y proyección sólo puede entenderse desde hace siglos en el marco de las Españas. Ese pueblo (en el sentido más premoderno del término) ancestral se convierte en una república de ciudadanos de la mano de los pactos políticos que articulan España como Estado y se híbrida en su cultura universal. El independentismo vasco es la manifestación de unos intereses concretos que, al cobijo de los vientos del romanticismo español, creó un conflicto inexistente con la esperanza de darle una solución política a su medida. Es obvio que cualquier realidad política es susceptible de ser modificada y España ha contribuido a ello en multitud de ocasiones en el pasado (reconstruyendo América) o en el presente (con el Estado de las Autonomías). Pero cambiar no supone necesariamente progresar. Intentar romper hoy los lazos reales de la sociedad vasca en España en pos de una Arcadia euskaldun imaginaria traerá, con seguridad, consecuencias trágicas.

Ibarretxe habla de diálogo, pacto y convivencia pero olvida que el diálogo sólo es posible entre iguales que respetan la legalidad.

Ibarretxe aspira al viejo sueño de todos los nacionalistas del siglo XIX: quiere un Estado para “su pueblo”. No le preocupa que “su pueblo” sea un conjunto multipolar de ciudadanos libres emancipados ya por la ley y la conciencia del siglo XXI; no le impresiona que los estados-nación como se conocieron en el pasado estén en proceso de reconversión; no le afecta que cuantos intentos políticos se han realizado en ese sentido hayan fracasado dramáticamente.

Ibarretxe quiere una solución como las del siglo XIX: transgresora de la legalidad, apoyada en la violencia política y que vincule a todo “el pueblo” independientemente de sus convicciones individuales. Y eso hoy, en la Europa del siglo XXI, es moralmente inaceptable y técnicamente imposible.

Ibarretxe habla de que los políticos deben ser imaginativos, pero él es simplemente temerario. Hasta los niños saben que los experimentos se hacen sólo con gaseosa.

Nuestra obligación es hacerle saber a nuestros compatriotas que SOMOS MUCHOS los que pensamos así.

 

Este artículo es de Falange Auténtica. Se escribió en un editorial mientras nos gobernó el PP. Para mí es totalmente válido.

 

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